Hay silencios que no se temen, se disfrutan.
Recuerdo los de la infancia: el rumor de las hojas en patios sombreados, el zumbido de un abejorro cortejando a unas flores, la respiración pausada de una casa dormida en la siesta.
Aquel silencio no era ausencia de sonido, sino un tejido invisible que sostenía la vida. Era refugio y, al mismo tiempo, promesa.
Hoy, en cambio, vivimos rodeados de estridencia.
Dispositivos que parpadean con mensajes urgentes, voces que se multiplican en las redes, un murmullo constante que nunca se apaga.
El silencio se ha vuelto un extranjero. Lo expulsamos de nuestras casas con pantallas encendidas a deshora, lo desterramos de las calles con cláxones y pregones, lo convertimos en un lujo que apenas nos permitimos en destellos: una madrugada en vela, un trayecto solitario en carretera, una iglesia vacía a media tarde.
Y, sin embargo, el silencio permanece, escondido en rincones donde todavía se atreve a respirarnos: en la página de un libro abierto, en la mirada que se sostiene sin palabras, en la pausa de una conversación interrumpida por un sorbo de café.
El silencio nos observa desde ahí, paciente, como si supiera que tarde o temprano regresaremos a buscarlo.
Pienso que el silencio es también una patria.
Una patria íntima y secreta, a la que cada uno regresa con la misma nostalgia con que volvemos a una casa de la infancia.
Allí no hay banderas ni fronteras: solo la certeza de que, por un instante, nada nos exige más que escuchar nuestro propio pulso.
El silencio tiene colores: el ámbar de la tarde que se escurre por las ventanas, el gris húmedo de la lluvia golpeando un patio vacío, el azul hondo de una madrugada insomne.
Tiene texturas: la tibieza de una taza entre las manos, la aspereza de una silla de madera que cruje cuando nos acomodamos, la suavidad del aire detenido antes de pronunciar una palabra.
Tiene incluso sabor: a nuestro guiso favorito en la cocina, a la sedosidad de un vino con el que miramos el horizonte del pasado.
Quizá por eso, cuando lo recuperamos, el silencio nos conmueve tanto: porque nos recuerda lo que hemos perdido en medio de la prisa, y lo que aún podemos rescatar si tenemos el valor de detenernos.
No deberíamos olvidar que la libertad también consiste en poder guardar silencio.
Que el ruido de la época no nos arrebate esa patria invisible, porque allí es donde se revelan nuestros pensamientos más hondos, nuestros recuerdos más nítidos, nuestras certezas más íntimas.
El silencio, en el fondo, no se ha ido.
Nos espera en la esquina de cada día, como un viejo amigo paciente.
La pregunta es si todavía tenemos el coraje de volver a habitarlo.
Y tú? Cuándo fue la última vez que escuchaste un silencio verdadero? (vallegracie@hotmail.com)
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