¿Quién gana con la hiperconexión: las marcas, las plataformas o nosotros?

El año 2025 consolidó dos tendencias: la expansión de la economía de creadores y la normalización del trabajo híbrido como arreglo dominante en empresas formales, especialmente en servicios profesionales.

México se consolidó como uno de los mercados más grandes de creadores de contenido en América Latina, con estimaciones que hablan de alrededor de 3.3 millones de perfiles activos y un valor de mercado que pasaría de 240 millones de dólares en 2023 a más de 340 millones en 2025.

Paralelamente, informes sectoriales apuntan a que el modelo híbrido se estabilizó en muchas empresas en esquemas de tres o cuatro días presenciales por semana, tras una etapa postpandemia de ensayo y error. A primera vista, parecería que el país entra de lleno a una modernidad flexible, creativa, menos atada al escritorio.​

Pero detrás de esa superficie optimista hay preguntas incómodas sobre quién captura el valor económico y simbólico de esa hiperconexión. Los creadores más visibles profesionalizaron sus operaciones, diversificando ingresos con patrocinios, cursos, membresías y marcas propias, en un mercado global de creator economy que se estima entre 191 y 224 mil millones de dólares en 2025.

Sin embargo, el grueso de los creadores mexicanos opera por debajo de ese escaparate, en una franja donde la dependencia de algoritmos y la concentración de ingresos en el top mínimo de perfiles se parecen demasiado a los viejos oligopolios mediáticos que esta nueva economía prometía desplazar. Para una comunidad de líderes y universitarios que valora el pensamiento crítico, el riesgo es claro: que la forma “moderna” de precariedad se disfrace de emprendimiento creativo.​

Algo similar ocurre con el trabajo híbrido. Informes recientes señalan que, entre 2023 y 2025, se dio una “madurez” en su gestión: muchas empresas formalizaron esquemas que exigen tres o más días en oficina y dos a distancia, invirtiendo en herramientas de colaboración remota y métricas de productividad. Esto ha permitido cierta flexibilidad frente al modelo 100% presencial y ha abierto opciones para talento que antes no podía acceder a grandes empresas por razones geográficas o de movilidad.

Pero la libertad prometida se topa con límites claros: México sigue siendo señalado como uno de los países de la región que más privilegia la presencialidad, y buena parte del beneficio del modelo híbrido recae en ahorros de costos operativos para las compañías, no necesariamente en un verdadero reequilibrio del tiempo y el bienestar del trabajador.​

Para la audiencia joven, el dato duro es contundente: uno de cada tres desempleados en México tiene entre 15 y 24 años, según la ENOE de septiembre 2025; es decir, el 33.3% de las personas sin empleo está en la franja de quienes mejor dominan las herramientas digitales y más intensamente habitan redes y plataformas.

Al primer trimestre de 2025, el país contaba con 30.4 millones de personas entre 15 y 29 años, un bono demográfico que se encuentra con un mercado laboral que ofrece flexibilización hacia arriba (para quienes ya lograron entrar) y precariedad o informalidad digital para quienes se quedaron fuera. La paradoja es inquietante: la generación más conectada de la historia mexicana se encuentra atrapada entre el desempleo, el subempleo y la ilusión de “monetizar” su presencia online como única salida.​

La pregunta no puede quedarse en si la economía de creadores o el trabajo híbrido son buenos o malos en sí mismos. La cuestión es quién define las reglas, quién asume el riesgo y quién se queda con la mayor parte de los beneficios.

Los grandes grupos publicitarios y consultoras globales ya reconocen que en 2025 los creadores digitales generarán más ingresos publicitarios que muchos medios tradicionales, reconfigurando el flujo de inversión sin necesariamente democratizar la propiedad de las infraestructuras que lo hacen posible. Las plataformas, por su parte, continúan operando como cajas negras que deciden alcance, visibilidad y monetización, mientras los usuarios y creadores alimentan el sistema con tiempo, datos y creatividad a cambio de una porción reducida del pastel.​

Para los líderes y emprendedores el desafío estratégico es doble. Por un lado, se requiere una alfabetización crítica sobre estas economías: entender sus cifras reales, sus asimetrías y los riesgos de construir proyectos enteros sobre plataformas que no controlan. Por otro, urge experimentar con modelos alternativos: comunidades propias, esquemas de membresía directa, cooperativas de creadores y acuerdos laborales que reconozcan explícitamente derechos a la desconexión, protección social y participación en los beneficios de la productividad híbrida.

No se trata de renunciar a la hiperconexión, sino de hacerla consciente: decidir cuándo, cómo y para quién se trabaja y se crea.​

La pregunta que serviría para guiar las decisiones en este tema no es si vale la pena estar en redes o aceptar un esquema híbrido, sino bajo qué condiciones esa presencia amplía –y no reduce– su autonomía intelectual, económica y vital. Si cuestionar es el principio, entonces toca poner bajo la lupa no solo los contenidos que consumimos, sino las estructuras tecnológicas y laborales que hoy organizan nuestro día a día conectado. Solo desde esa mirada, la economía de creadores y el trabajo híbrido pueden dejar de ser promesas sin contrato y convertirse en palancas reales para una modernidad menos asimétrica.​ (amadaboni@outlook.com)