¿Qué nos está pasando como sociedad cuando una apuesta mínima termina en una violencia máxima?

En redes sociales todos hablan es del horror que se vivió en Coveñas, Colombia. Un crimen que parece salido de una pesadilla colectiva: un hombre asesinó y decapitó a su propio amigo tras una discusión por una apuesta de apenas 15 dólares, unos 275 pesos mexicanos aproximadamente. Lo que comenzó como una noche común, casi banal, en un billar entre conocidos, terminó convirtiéndose en uno de los actos de violencia más estremecedores que ha visto la región y que ha recorrido el mundo a través de internet cuando tras perder la partida, Jhony de 25 años apuñaló con una botella a su amigo Carlos de 38 y no satisfecho con haberlo dejado mal herido salió a su casa por un machete para decapitarlo y caminar por el pueblo con su cabeza como símbolo de trofeo.
Este caso no solo sacude por su brutalidad, sino por lo que revela de fondo. Una discusión mínima, un orgullo herido, una rabia que nadie supo o quiso detener a tiempo. La escena parece concentrar en unos cuantos minutos, una cadena de emociones mal gestionadas que fueron escalando sin freno hasta cruzar un punto de no retorno.
Vivimos en una sociedad donde cada vez aparecen más casos así. Historias que nos dejan atónitos, preguntándonos cómo es posible que la violencia estalle de manera tan desproporcionada. Tal vez la respuesta no esté solo en el hecho, sino en la grieta emocional que se ha ido abriendo silenciosamente: la dificultad colectiva para reconocer, nombrar y regular lo que sentimos. La ira, la frustración, la humillación y el orgullo herido encuentran pocas herramientas para procesarse, y demasiados escenarios donde explotan.
La violencia no surge de la nada. Se alimenta de impulsos descontrolados, de decisiones tomadas en segundos, de emociones acumuladas que nunca fueron atendidas. En muchos casos, el problema no es el conflicto en sí una apuesta perdida, una discusión trivial sino la incapacidad de detenerse, respirar y pedir ayuda antes de que el daño sea irreversible.
Este crimen nos enfrenta a una verdad incómoda: gestionar las emociones no es un lujo ni un discurso de autoayuda, es una necesidad social urgente. Dominar la rabia, reconocer los propios límites y buscar apoyo no es señal de debilidad; es, literalmente, la diferencia entre la vida y la muerte. Mientras sigamos normalizando el desborde emocional y minimizando su impacto, seguiremos despertando con noticias que nos obligan a preguntarnos, una y otra vez, en qué momento perdimos la capacidad de cuidarnos unos a otros. (Sam García)