¿Qué nos dice la sologamia sobre el amor, la sociedad y nuestras propias grietas?

Hoy en redes sociales todos hablan de una peculiar historia de amor: la influencer brasileña Suellen Carey, acaba de divorciarse de sí misma.
Sí, leíste bien, se divorció de sí misma.

En 2023, Suellen decidió casarse con la única persona que según ella jamás la decepcionaría: ella misma. Una boda viral, votos frente al espejo, promesas de amor eterno y un compromiso inquebrantable… al menos por un año. Porque, tras doce meses de convivencia interna, confesó que la relación “no tenía futuro”. Incluso pasó nueve meses en terapia de pareja… pero sola. Ahí descubrió la verdad que más le dolió: “No soy la persona ideal para compartir mi vida.”

Más allá de lo anecdótico, la grieta profunda aparece cuando el sistema judicial británico tuvo que enfrentar lo que quizá sea su caso más absurdo: una mujer intentando divorciarse de sí misma. Un proceso largo, tedioso, casi surrealista… que finalmente concluyó en la anulación del matrimonio. Suellen quedó oficialmente soltera, disponible… para ella misma, si algún día quiere intentarlo otra vez.

El término sologamia describe el acto de casarse con uno mismo, una forma de amor propio elevado a trámites burocráticos. Legal en algunos países, pero no en México donde la ley exige dos personas, este fenómeno crece en visibilidad, casos y debate público.

Pero más allá de la nota curiosa, vale la pena detenernos un momento y preguntarnos:

  • ¿Qué nos está diciendo este auge de bodas individuales?
  • ¿Hemos llevado el desencanto con las relaciones a un extremo tal que preferimos casarnos con nuestro reflejo?
  • ¿O es un grito silencioso de personas que buscan validación y compromiso en un mundo donde las conexiones humanas parecen cada vez más frágiles?
  • ¿Estamos reparando nuestras grietas o solo cubriéndolas con ceremonias simbólicas?
  • ¿Qué dice esto sobre la sociedad que estamos construyendo, donde las parejas parecen más volátiles y el individualismo se eleva como una virtud absoluta?

La historia de Suellen Carey podría sonar humorística, extravagante o absurda, pero también funciona como un espejo uno que quizá no queremos mirar demasiado de cerca. En él se reflejan nuestras dudas sobre el amor, nuestras frustraciones con las relaciones y la constante búsqueda de algo que llene el vacío entre lo que queremos ser y lo que realmente somos.

Y sí, tal vez casarse con uno mismo sea un acto radical de amor propio. O tal vez sea solo otra señal de que, como sociedad, estamos tratando de tapar con rituales nuevos las mismas preguntas de siempre:
¿A quién amamos? ¿Con quién queremos compartir la vida? ¿Y por qué, a veces, resulta tan complicado incluso compartirla con nosotros mismos? (Sam García)