¿Qué estación llevas dentro hoy?

Hay quienes creen que las estaciones se cuentan en calendarios o en almanaques colgados en la cocina.
Pero las verdaderas estaciones —las que nos habitan— se llevan por dentro, y no siempre coinciden con el solsticio ni con el equinoccio.
Cada vida tiene su propia colección de primaveras florecientes, de veranos secretos, de otoños silenciosos y de inviernos íntimos.

La primavera suele regresar en los recuerdos de la infancia.
Tiene el color de los juegos bajo la luz tibia, de las primeras lecturas en voz alta, del descubrimiento de un mundo que parecía interminable.
Es el tiempo en que las horas parecen estirarse suavemente, y cada aroma queda grabado para siempre.
En la primavera interior no somos más que expectación y promesa.

El verano llega con el ímpetu de la juventud.
Como un sol ardiente sobre calles interminables, como noches que no conocen el cansancio.
Es la estación de las primeras rebeldías, de los viajes improvisados, de las carcajadas compartidas en reuniones de complicidad.
El verano interior nos empuja a correr, a probarlo todo, a sentir que el mundo cabe en la palma de la mano.
Es excesivo, es luminoso, es fugaz.

El otoño nos alcanza sin prisa, como una brisa que se cuela por la ventana.
Es la madurez que aprende a valorar los cafés más largos, las conversaciones que no necesitan alzar la voz, los silencios que acompañan sin incomodar.
Tiene el color del cobre en los árboles y el sabor de lo que se despide con elegancia.
El otoño interior enseña que no todo se gana con prisas: que también hay belleza en detenerse, en dejar caer lo que ya cumplió su ciclo.

El invierno, finalmente, es memoria.
Es la estación que nos recuerda quiénes somos cuando el ruido cesa.
El invierno interior es un fuego encendido en medio de la noche, un libro abierto junto a la ventana empañada, una sobremesa que se prolonga hasta que las palabras se vuelven suspiros.
Es el momento en que todo se reduce a lo esencial: el calor de una presencia querida, la certeza de que el tiempo es finito, la gratitud de haberlo vivido.

Las estaciones no se suceden únicamente afuera: cambian también dentro de nosotros, a veces en un mismo día.
Podemos despertar en primavera, vivir la tarde como verano, sentir al anochecer la melancolía del otoño y entregarnos a la serenidad del invierno antes de dormir.

Quizá por eso la vida es menos una línea recta que un ciclo en movimiento, un calendario íntimo que se despliega en la piel, en la memoria, en el alma.

Y entonces entendemos: las estaciones que llevamos dentro no obedecen al calendario, sino a los latidos.

💬 ¿Y tú, qué estación llevas dentro hoy? (vallegracie@hotmail.com)