Propósitos

La bruma de este enero de 2026 no era aire, sino el aliento de una ciudad que se negaba a despertar, temerosa de que el futuro hubiera llegado antes de que ella terminara de lamerse las heridas del pasado. Caminar por la Avenida de los Suspiros a estas horas era como deambular por el interior de un reloj averiado: el tiempo parecía haber colapsado entre los neones que parpadeaban con la insistencia de un corazón moribundo.

Me ajusté el abrigo, sintiendo el frío de la nueva era calar hasta los huesos, esos que guardan los secretos más íntimos. Mi destino era el almacén de reliquias de Vidal Armengol, un hombre cuya piel recordaba al pergamino seco y cuya mirada poseía la profundidad de un pozo sin fondo donde el ayer iba a morir. Me esperaba con un paquete envuelto en papel de estraza, atado con un cordel que parecía haber sobrevivido a un siglo de olvidos.

—Eva —susurró, y su voz sonó como el roce de hojas secas sobre el asfalto. —Las personas de este siglo creen que el primero de enero es un reinicio del sistema, un código nuevo. Escriben propósitos como quien redacta una herencia antes de morir, sin entender que el destino no se negocia con letras, sino con sangre y silencio—.

Me entregó el paquete. Pesaba más de lo que sugería su tamaño, como si dentro contuviera el plomo de todos los remordimientos de la ciudad.

—Este es el Códice de las Horas de Ceniza. Aquí no se anotan los propósitos de lo que uno quiere lograr, sino de lo que uno está dispuesto a sacrificar para no ser devorado por su propia sombra—.

Subí al estudio que me servía de refugio, un altillo oculto entre las gárgolas de un edificio que una vez fue una catedral y ahora era un nido de cables y antenas. Al abrir el libro, las páginas exhalaron un aroma a vainilla y moho, la fragancia de las bibliotecas que la modernidad había decidido ignorar. Estaba en blanco, pero no con ese vacío estéril de una hoja recién desprendida, sino con la quietud expectante de una tumba que espera su primer habitante.

Encendí una vela de cera vieja, despreciando la luz eléctrica que zumbaba con un tono artificial. La llama bailó una danza macabra contra las paredes, proyectando sombras que parecían cobrar vida propia en los rincones. Tomé mi pluma, una pieza de ébano que siempre me había recordado que las palabras son la única forma de resistencia en un mundo que prefiere el ruido al significado.

¿Qué era un propósito de Año Nuevo en este 2026 sino un acto de soberbia frente al implacable avance del reloj? Queremos ser más veloces, más eficientes, más conectados. Pero la vida, esa dama cruel que siempre guarda un as en la manga, rara vez se deja seducir por nuestras actualizaciones de software. Escribí la primera frase: «Este año, prometo no buscar la seguridad, sino el asombro, aunque este me desgarre la cordura».

Apenas la tinta tocó el papel, la habitación pareció encogerse. Recordé a Rodrigo, su risa como un tintineo de cristales en una noche de tormenta, y la promesa que le hice de que el olvido nunca reclamaría su nombre. Pero en esta ciudad, el olvido es una marea que nunca deja de subir.

El segundo propósito fluyó de la pluma con la urgencia de una confesión: «Dejaré de habitar en los pasillos de mis errores y empezaré a construir un presente que no necesite de espectros para sentirse real».

En ese instante, un golpe seco sonó en el ventanal reforzado. No era una máquina, sino un cuervo, negro como el azabache, que me observaba con ojos que parecían haber visto el incendio de todas las civilizaciones. Me di cuenta de que proponerse algo es, en esencia, declarar la guerra al ser que fuiste hace apenas un segundo. Y en esa guerra, rara vez hay tregua.

La madrugada avanzaba, devorando las horas con la voracidad de un depredador. Llené las páginas con promesas de coraje, de perdón y de silencios necesarios. Pero al llegar a la última hoja, comprendí la advertencia de Vidal Armengol. El libro no estaba allí para registrar mis deseos, sino para recordarme que el futuro es un mapa que se dibuja con las manos manchadas, no con deseos lanzados al aire.

Cerré el tomo y lo guardé bajo el peso de mi propia historia. El sol empezaba a asomar por el horizonte de acero, tiñendo el cielo de un tono de herrumbre y esperanza eléctrica. Bajé a la calle, sintiendo que el aire ya no pesaba tanto. Los propósitos de Año Nuevo no son más que faros en una costa de cemento; no evitan que nos perdamos, pero al menos nos indican hacia dónde mirar cuando la luz empieza a fallar.

Crucé la Gran Plaza mientras la ciudad despertaba entre el humo de las cafeterías y el aroma de esperanza. El 2026 ya estaba aquí, con su carga de incertidumbre y su promesa de nuevos misterios. Me toqué el bolsillo, donde guardaba una pequeña llave de latón que Vidal me había dado bajo cuerda. A veces, para cumplir un propósito, solo hace falta la voluntad de abrir la puerta prohibida y dejar que, entre la verdad, por mucho que esta nos queme los ojos al principio.  (vallegracie@hotmail.com)