Durante la última década, la cultura del rendimiento se ha instalado como una especie de religión laica: productividad, eficiencia, optimización, foco, hábitos “ganadores”. La promesa es seductora: si se organiza el tiempo, se monitorean los hábitos y se exprime cada minuto, se podrá “tenerlo todo”: éxito profesional, vida personal plena, proyectos creativos, salud y, si sobra espacio, algo de cultura. El problema es que la aritmética no cierra, y el costo silencioso de esa promesa recae precisamente en la dimensión cultural y en la salud mental de quienes sostienen este modelo.
La lógica del rendimiento convierte cada momento del día en un potencial recurso a exprimir. No solo se trabaja más horas, sino que se colonizan los tiempos intermedios: el trayecto al trabajo se vuelve espacio para “ponerse al día” con podcasts de productividad, el tiempo de comida se llena con correos atrasados, la noche con cursos en línea o side projects. La cultura —leer un libro sin propósito instrumental, ir al cine a ver algo que no sea tema del momento, asistir a una obra de teatro, perderse en un museo— queda relegada a “cuando haya tiempo”, una categoría que en la práctica casi nunca se materializa. El resultado es una vida saturada de tareas y vacía de experiencias personales enriquecedoras.
Esta cultura del rendimiento también se apoya en una narrativa emocional poderosa: la culpa. Quien no “aprovecha” cada minuto siente que está fallando, que se está quedando atrás frente a una competencia abstracta pero omnipresente. El ocio deja de ser un derecho o una necesidad humana para convertirse en sospechoso de mediocridad. El descanso se tolera solo si tiene un fin productivo: recargar pilas para seguir rindiendo. Incluso el consumo cultural se instrumentaliza: se leen libros de autoayuda o de negocios “porque me hacen crecer”, se ven documentales “para aprender algo útil”, se escuchan podcasts “para estar al día”. La cultura que no “sirve” para optimizar algo pierde legitimidad.
Paradójicamente, esta misma lógica termina erosionando la capacidad de concentración profunda que se requiere para cualquier acto cultural significativo. Leer una novela larga, estudiar un ensayo complejo, seguir una obra de teatro densa o simplemente contemplar una exposición de arte sin mirar el teléfono cada cinco minutos, exige una disponibilidad mental que el modo rendimiento no concede. Se puede consumir mucho contenido, pero casi siempre en formato fragmentado, interrumpido, multitarea. Se vive con la sensación de estar “informado” y, al mismo tiempo, con la experiencia de no poder recordar nada con claridad una semana después.
La cultura del rendimiento también reconfigura el valor social de la cultura. En vez de ser un espacio donde se exploran sentidos, se cuestionan dogmas o se elaboran emociones complejas, la cultura corre el riesgo de volverse un accesorio de estatus: se va a tal exposición “porque todos van”, se cita a tal autor “por quedar bien”, se comparte la foto de la obra de teatro “porque suma a la marca personal”. El gesto importa más que la experiencia interna. La profundidad cede su lugar a la señalización. En una comunidad como la que aspira a construir Grieta Cero, esto es especialmente peligroso: se puede creer que se piensa críticamente, cuando en realidad solo se reproduce una estética del pensamiento crítico.
La fractura no es inevitable, pero exige decisiones conscientes. Implica aceptar que no todo minuto ha de ser productivo, que el tiempo dedicado a leer una novela, ver una película lenta o sentarse a escuchar música sin multitarea no es “tiempo perdido”, sino condición de posibilidad para una vida mental rica. Supone también revisar la jerarquía que se ha instalado entre el rendimiento y el cuidado: no se puede sostener un pensamiento complejo, ni un proyecto profesional exigente, sin un andamiaje de descanso, vínculos y cultura que alimenten la imaginación. Para líderes, académicos, emprendedores y estudiantes, la pregunta de fondo no es cuántas cosas pueden hacer en un día, sino qué calidad de vida —y impacto social— están construyendo con esas cosas.
El desafío, entonces, no es abandonar la productividad, sino desobedecer la idea de que solo existe una forma válida de ser productivo. Leer a alguien que incomoda, ir al teatro en vez de a un networking, pasar una tarde en un museo sin subir nada a redes, pueden ser actos tan o más valiosos que completar otra tarea en la lista. La cultura del rendimiento nos promete que, si renunciamos un poco hoy al tiempo “inútil”, mañana tendremos más espacio para todo lo demás. La experiencia de quienes ya llevan años en esa rueda indica lo contrario: el mañana nunca llega si no se defiende hoy.(amadaboni@outlook.com)
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