Hay recuerdos que no viven en fotografías, sino en una pantalla en blanco y negro. Yo tenía entre las manos algo diminuto, con forma de huevo y tres botones que parecían no prometer gran cosa. Pero dentro había un mundo. Un latido. Un pixel. Una criatura que dependía de mí y de pronto, yo también dependía de ella; una mascota virtual.
En su momento, fue el juguete que todos querían. Ese objeto pequeño que pasaba de mano en mano en los patios de la escuela, que sonaba en medio de la clase, que nos enseñaba sin proponérselo que cuidar implica estar presentes.
Treinta años después, el Tamagotchi regresa a Tokio para celebrarse a sí mismo, convertido en mito, en cápsula del tiempo, en grieta por la que se asoma la infancia de toda una generación. La exposición dice que permite caminar dentro de su universo pixelado, como si atravesáramos la pantalla que nunca pudimos traspasar. Como si el juguete que alimentamos, limpiamos y cuidamos con torpeza pudiera finalmente invitarnos a su casa a conocer su mundo y todo lo que lo hizo especial.
Qué extraño y hermoso es pensar que un aparato tan simple nos enseñó algo tan complejo como la responsabilidad. Había que atenderlo a todas horas. Había que correr para presionar los botones correctos. Había que soportar la pequeña culpa de verlo enfermar… o morir. Y, sin embargo, no era solo un juego. Era una compañía silenciosa, en días en los que el internet sonaba muy lejano.
Hoy los modelos nuevos tienen WiFi, colores brillantes, sensores y pantallas táctiles. Se conectan al mundo como nosotros. Y, aun así, lo que regresa no es la tecnología, sino la sensación: el asombro de cuidar algo frágil, el deseo de pertenecer a un pequeño universo portátil. La certeza de que lo digital, aunque artificial, también puede ser hogar.
Hay quienes dicen que la nostalgia no es volver atrás, sino mirar hacia adentro. Yo creo que Tamagotchi ha sobrevivido porque no habla del pasado, sino de nuestra necesidad eterna de acompañar y ser acompañados. La Generación Z lo adopta ahora como accesorio, símbolo o guiño estético pero para nosotros los millenials era un amigo. Quizá, en el fondo, estén repitiendo el gesto que nosotros aprendimos hace treinta años: darle significado a lo mínimo.
Treinta años después, el Tamagotchi sigue ahí. No en el llavero. No en la vitrina. Sino en el recuerdo suave de haber cuidado algo pequeño… justo cuando empezábamos a crecer. (Sam García)
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