¿Los creadores de contenido, tienen realmente el control de la conversación?

La llamada “creator economy” se ha vuelto, en menos de una década, una industria formal en México: agencias, managers, contratos, métricas de rendimiento y una creciente profesionalización del oficio de crear contenido. Se estima que en 2025 existen cientos de miles de perfiles que monetizan, de alguna forma, sus audiencias en Instagram, TikTok, YouTube, Twitch y plataformas emergentes, aunque sólo una fracción de ellos vive exclusivamente de su actividad digital. Datos recientes sugieren que un creador de contenido mexicano que ha logrado estabilizar su audiencia puede generar en promedio alrededor de 1,100 dólares mensuales por colaboraciones con marcas, patrocinios y programas de afiliados, mientras que el “influencer profesional” ronda sueldos medios cercanos a los 27,000 pesos al mes, con enormes variaciones según nicho, alcance y tipo de acuerdos.

Pero más allá del brillo aspiracional y los casos extremos de éxito, la pregunta estructural es otra: ¿quién controla realmente la conversación pública y captura la mayor parte del valor en esta nueva economía? Aunque el discurso parece centrado en el poder del individuo–creador, las plataformas siguen fijando las reglas fundamentales: algoritmos opacos que determinan qué contenido se ve y cuál se hunde, políticas de monetización y desmonetización que pueden cambiar de un día a otro, y sistemas de reparto de ingresos donde la plataforma retiene un porcentaje significativo de lo que los anunciantes y audiencias pagan. En la práctica, la mayoría de creadores se encuentra en una relación de dependencia radical con unas pocas empresas tecnológicas globales que dictan el ritmo de contenidos, la duración de los formatos, los sonidos que “funcionan” y los temas que se vuelven tendencia.

Un dato clave del ecosistema mexicano es la masividad del consumo: algunas encuestas de marketing digital señalan que hasta el 97% de los usuarios sigue al menos a un influencer y que más de la mitad ha comprado —al menos una vez— un producto o servicio motivado por la recomendación de un creador de contenido. Esta tasa de influencia convierte a los creadores en agentes centrales del consumo, del estilo de vida y, cada vez más, de las narrativas culturales y políticas, incluso cuando no hablan de política de forma explícita. Sin embargo, el poder de decisión sobre quién crece, quién se estanca y quién desaparece de las timelines sigue residiendo en la arquitectura algorítmica y comercial de las plataformas, más que en una dinámica orgánica entre creador y comunidad.

Para académicos y analistas de medios, el punto neurálgico no es sólo la concentración de visibilidad, sino el tipo de contenidos que ese modelo incentiva: formatos cortos, emocionalmente intensos, altamente optimizados para retención de atención y venta, y cada vez menos orientados a la complejidad, la duda y la deliberación racional. Jóvenes creadores que quisieran hacer investigación, análisis crítico o formatos más densos se enfrentan a una estructura de premios y castigos que favorece lo superficial, lo polarizante o lo espectacular sobre cualquier otra cosa. Muchos terminan fragmentando los contenidos complejos en cápsulas fácilmente consumibles —y fácilmente sacadas de contexto—, lo que reduce el espacio para debates profundos en la esfera pública digital mexicana.

Al mismo tiempo, conviene matizar: la economía de creadores en México también ha abierto grietas importantes en el viejo monopolio mediático. Periodistas independientes, divulgadores científicos, activistas climáticos, voces de comunidades indígenas o afrodescendientes, migrantes de segunda generación y académicos críticos han encontrado en las redes un canal directo para construir audiencias propias, esquivar la censura editorial tradicional y financiar su trabajo mediante membresías, donaciones y patrocinios selectivos. Estas experiencias muestran que la creator economy puede ser algo más que entretenimiento y consumo: puede funcionar como laboratorio de nuevos modelos de medios, más horizontales y directamente sostenidos por comunidades específicas.

La tensión de fondo es precisamente esa: aprovechar las herramientas de la economía de creadores sin convertirse en rehén de sus limitaciones. Esto implica cuestionar la dependencia de una sola red o formato, diversificar las fuentes de ingreso para no quedar supeditados al humor cambiante de un algoritmo, y construir comunidades que valoren la reflexión, la duda y el análisis tanto como el impacto emocional de un video corto. También supone reflexionar sobre la responsabilidad ética de los creadores mexicanos: transparentar cuándo un contenido está patrocinado, evitar la desinformación y no explotar la vulnerabilidad emocional de las audiencias sólo por métricas de engagement.

Si hoy los creadores de contenido parecen “controlar la conversación”, es porque operan dentro de un ecosistema cuidadosamente diseñado para convertir cada interacción en dato, cada dato en segmentación y cada segmento en producto comercializable. El verdadero control, en términos de infraestructura, sigue en manos de las plataformas y, más arriba, de los actores financieros y tecnológicos que las poseen. Para que la creator economy mexicana no termine replicando los mismos vicios de concentración y opacidad de los viejos medios, hará falta una combinación de investigación crítica, alfabetización mediática para las audiencias y organización colectiva de creadores que exijan reglas más transparentes y condiciones más justas.

En última instancia, la pregunta no es sólo quién controla hoy la conversación, sino qué clase de conversación queremos sostener. Si cuestionar es el principio, entonces toca interrogar no sólo a los contenidos, sino a la arquitectura entera que determina qué vemos, qué callamos y qué imaginamos posible en el espacio público digital mexicano. (vallegracie@hotmail.com)