Las plazas que nos enseñan a esperar

Hay lugares que parecen hechos para la prisa, y otros que parecen inventados para la pausa.
Las plazas, siempre, pertenecen a esta segunda categoría.

Desde niña entendí que en una plaza el tiempo se estira.
Sentada en un banco de hierro, aprendí a esperar sin desesperar.
Esperar a mi madre que salía de comprar pan, esperar a mi abuela que saludaba a media ciudad, esperar simplemente a que la tarde se volviera noche.

Las plazas son, en realidad, relojes al revés: no miden lo que pasa, sino lo que permanece.
Las campanas de la iglesia marcan las horas, pero lo que uno recuerda no es el tañido, sino la sombra de los árboles que se va alargando poco a poco.

En cada plaza hay un concierto secreto.
El pregón del vendedor de globos que grita como si ofreciera estrellas.
El carrito de helados que suena con campanillas diminutas.
Las risas de los niños que corren alrededor de la fuente.
El murmullo de los enamorados que ocupan siempre la misma esquina, como si el amor también tuviera coordenadas fijas.

Recuerdo la plaza de Guadalajara, con su catedral mirando el cielo y los portales abiertos como brazos.
Las bancas siempre ocupadas: unos leen el periódico, otros conversan de política o de fútbol, y algunos simplemente se entregan al sol como si ese fuera el único deber del día.
Allí aprendí que la espera podía ser compañía, incluso si nadie llegaba.

Las plazas nos enseñan que la espera no es pérdida de tiempo.
Que se puede mirar cómo la luz se mueve por las fachadas, cómo los pájaros regresan a los árboles, cómo la gente se encuentra y se despide.
Que esperar es, en sí mismo, una forma de estar vivos.

Tal vez por eso, siempre busco descifrar una plaza.
Allí, siempre, está el pulso verdadero de la ciudad: en los pasos que se cruzan, en las miradas que se esquivan, en los instantes que parecen eternos.

Y pienso que uno nunca espera en vano en una plaza.
Porque aunque nadie llegue, aunque no haya cita, siempre aparece algo:
un silencio que reconcilia, un recuerdo que regresa, una certeza suave de que no todo pasa, de que algunas cosas simplemente se quedan. (vallegracie@hotmail.com)