Hay casas que parecen hablar en voz baja.
En Morelia, con sus muros de cantera y patios de sombra fresca, descubrí que una casa puede ser también un libro abierto: escrito no con palabras, sino con susurros, aromas y silencios.
Tenía un zaguán pesado que se abría como un portal, un patio donde las sansevierias parecían encender la tarde, y un corredor de arcos que siempre olía a café y a madera antigua. Cada rincón era un secreto en reposo.
Las habitaciones guardaban una penumbra suave, como si se resistieran a dejar entrar la luz entera. Allí, las voces parecían quedarse flotando, suspendidas en las cortinas bordadas.
Recuerdo las fotografías familiares enmarcadas, que no solo miraban: parecían vigilar que la memoria no se deshiciera.
Las casas hablan en su propio idioma.
En Morelia, aprendí a escucharlo: el crujido de la escalera de madera, como una queja discreta; el goteo insistente de la fuente en el patio, que marcaba el tiempo mejor que cualquier reloj; las campanas de la Catedral, que entraban sin pedir permiso por las ventanas y lo envolvían todo en una solemnidad que aún me eriza.
La cocina era el corazón secreto.
Allí se mezclaban los aromas del chocolate espeso con el maíz que hervía lento para las corundas. El ate. El movimiento de las palas dentro de las cazuelas como si se estuviera tocando un instrumento. “El secreto no está en la receta, sino en la memoria de las manos”.
Y en efecto, cada guiso parecía contener algo más que ingredientes: contenía historias.
Pero quizá lo más profundo estaba en las horas de la siesta, cuando la casa entera parecía dormirse.
Yo caminaba despacio por el patio, escuchando el zumbido de las abejas en los naranjos, y sentía que las paredes guardaban conversaciones de otra época: tertulias, despedidas, confidencias.
Era como caminar dentro de un diario íntimo escrito con ladrillos y sombras.
Las casas que guardan secretos nunca se olvidan.
Una vez que has vivido en ellas, vuelven a ti de maneras inesperadas: en el olor al guiso secreto de una cocina ajena, en el reflejo de un piso encerado, en el sonido de una puerta que chirría.
Y entonces sabes que no solo has habitado esa casa: también ella te ha habitado a ti.
Quizá por eso busco todavía casas así: porque me devuelven un idioma que reconozco, aunque nunca lo haya aprendido del todo.
Y en Morelia comprendí que cada casa es también una narradora silenciosa, empeñada en recordarnos que lo vivido nunca desaparece del todo, que permanece allí, entre muros y sombras, esperando que alguien lo escuche. (vallegracie@hotmail.com)
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