La casa donde las palabras tenían aroma

La memoria no guarda fechas exactas, sino atmósferas.
Y cuando pienso en mi infancia, regreso siempre a la casa de mi abuela, en Coyoacán.
Una casa con muros pintados por el sol de la tarde, olor a café recién colado, y un rumor de voces que parecía no apagarse nunca.

Mi abuela había sido maestra de primaria.
Tenía la paciencia hecha de gis y pizarrón, y esa costumbre de subrayar la vida con ejemplos sencillos.
Cuando me leía cuentos, no eran solo lecturas: eran representaciones.
Su voz se transformaba: grave para el lobo, susurrante para las princesas, burlona para los pícaros escondidos.
Cada historia se volvía escenario, y yo su única espectadora.
Aprendí pronto que los libros eran casas habitables, con ventanas por las que asomarse al misterio.

Entre cuento y cuento, llegaban las anécdotas de su propia vida escolar.
Me hablaba de alumnos que dibujaban amores en los bordes de sus cuadernos, de la niña que recitaba poemas de Amado Nervo, de un niño callado que llevaba flores silvestres a su pupitre porque decía que los libros crecían mejor con colores alrededor.
Escuchaba y sentía que mi abuela era la protagonista de un libro infinito, un cuaderno lleno de márgenes donde cabía el mundo.

La cocina era otro de sus salones de clase.
Allí me enseñaba que la paciencia podía medirse en cucharadas.
El arroz con leche debía removerse despacio, con fe, hasta que el aroma dulce invadía la casa entera.
“Sin prisa”, me repetía, y me dejaba espolvorear la canela al final, como si ese gesto fuera la firma de mi niñez.
En el molcajete molíamos los tomates para las salsas verdes, y ella decía que en esa piedra estaba guardada la memoria de todas las manos que lo habían usado.
Cada receta era un conjuro: cocinar con ella era aprender a escribir la vida con especias.

Las tardes, sin embargo, tenían su propio rito.
Llegaban sus amigas y vecinas —también maestras— con vestidos estampados y perfumes discretos.
Se acomodaban en la sala como si asistieran a un consejo secreto.
Hablaban de alumnos brillantes, de libros de texto y de promesas sindicales que nunca cuajaban.
Entre sorbo y sorbo de café, soltaban carcajadas largas, de esas que hacían vibrar los cristales de las ventanas.
Yo escuchaba desde un rincón, con la sensación de estar presenciando un manantial de sabiduría y ternura.

El patio de la casa era una selva mínima:
geranios rojos, bugambilias desbordadas, macetas de barro con hierbabuena y albahaca.
Mi abuela decía que las plantas crecían mejor cuando escuchaban voces alegres.
Y quizá tenía razón: en esa casa, todo crecía.
Las flores, los relatos, las risas, los secretos que parecían multiplicarse en los pasillos.

Afuera estaba Coyoacán: calles empedradas, pregones de vendedores, campanas de iglesias al caer la tarde.
Adentro, el tiempo se suspendía.
Todo tenía un ritmo más lento, como si la vida supiera detenerse un momento para dejarse contar.

Todavía hoy, cuando entro a una librería o huelo café recién hecho, vuelvo a esa casa.
Y me descubro otra vez niña, con la frente apoyada en la mesa, escuchando a mi abuela leer en voz alta,
como si los cuentos fueran conjuros capaces de darle al mundo un sentido secreto.(vallegracie@hotmail.com)