En los últimos meses hemos visto cómo las redes sociales se han inundado de videos donde influencers acosan a la fauna australiana, sin importarles el daño que provocan ni las críticas que generan. Lo que algunos llaman “entretenimiento”, en realidad es un espectáculo irresponsable que ha desatado una ola de indignación en todo el mundo.
El ejemplo que anda en boca de todos es el del estadounidense Mike Holston, conocido como “Real Tarzann”, quien en su Instagram compartió imágenes atrapando y luchando con cocodrilos en Queensland. Dicho material ya acumula miles de reproducciones y dejó al descubierto una alarmante realidad: para conseguir atención en redes, algunos creadores son capaces de poner en riesgo la vida animal, la seguridad de las personas y hasta su propia integridad.
El problema de la inconsciencia
Los influencers saben que millones los siguen y aunque no quieran o no se perciban como tal, sí son referencia para jóvenes que los toman como ejemplo y así, la mayoría opta por mostrar imprudencia, crueldad y falta total de respeto hacia la naturaleza. ¿El resultado? Normalizar la idea de que acosar animales salvajes o exponer la vida vale la pena si eso asegura más vistas y más likes.
Detrás de cada uno de estos videos hay falta de conciencia abismal y una ambición ciega por popularidad, sin importar la molestia y el rechazo que generan en miles de personas.
Nuestra responsabilidad como audiencia
Pero el problema no termina en los creadores: nosotros, como consumidores de contenido, también tenemos culpa. Cada “like”, cada reproducción y cada comentario son gasolina para que este tipo de prácticas absurdas sigan creciendo.
Si de verdad queremos frenar estas conductas, debemos dejar de aplaudirlas y comenzar a ser más conscientes de a quiénes seguimos y qué premiamos con nuestra atención digital.
La pregunta es dura pero inevitable: ¿hasta dónde puede llegar alguien por un “like”? Y, peor aún: ¿hasta dónde lo permitiremos como sociedad?
El cambio no llegará solo con regulaciones en las plataformas, sino con una audiencia más crítica, que deje de dar visibilidad a quienes normalizan el maltrato a quienes pongan en riesgo la vida, la dignidad humana, la naturaleza o cualquier valor que no debería sacrificarse jamás por un simple “like”.
Al final, no se trata solo de señalar a los creadores, sino de asumir nuestra propia responsabilidad como sociedad digital. Ser críticos con lo que vemos, compartimos y celebramos es la única manera de cortar de raíz este ciclo de irresponsabilidad. Y si somos padres, el compromiso es aún mayor: estar atentos a lo que nuestros hijos consumen en internet no es un lujo, es una necesidad.
Educar en la conciencia digital es enseñarles a distinguir entre entretenimiento sano y conductas peligrosas; es darles herramientas para valorar la vida, la naturaleza y la dignidad humana por encima de cualquier “like”. Porque en un mundo donde todo se comparte, la verdadera influencia está en elegir bien qué merecemos ver y qué definitivamente no. (Sam García)
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