En México, ¿quiénes trabajan «sin fronteras»?

El teletrabajo y el nomadismo digital se venden como la utopía del siglo XXI: trabajar desde cualquier lugar del mundo, facturar en dólares o euros, elegir horarios y clientes mientras se toma café en una terraza de la Roma o se mira el mar en Playa del Carmen. México figura ya de forma recurrente en listas internacionales como uno de los destinos favoritos para nómadas digitales, con CDMX, Oaxaca, Mérida y la Riviera Maya entre los puntos más citados por comunidades como Nomad List y Remote Year. Sin embargo, cuando se revisa quién puede realmente acceder a esa “libertad sin fronteras”, el espejismo se rompe: el trabajo remoto de alta calidad está altamente concentrado en segmentos con educación universitaria, dominio de inglés, acceso a tecnologías de punta y redes globales.

Cifras recientes señalan que México alberga ya del orden de 100 mil nómadas digitales extranjeros, además de un número creciente de mexicanos que trabajan 100% en remoto para empresas fuera del país, sobre todo en tecnología, marketing, diseño, programación y servicios creativos. Estos trabajadores se benefician de diferencias cambiarias, salarios internacionales y costo de vida relativamente menor en barrios de alto nivel urbano, lo que alimenta procesos acelerados de gentrificación en colonias como Roma, Condesa, Juárez, Escandón, así como en zonas turísticas de la Península de Yucatán. Los precios de renta residencial y comercial han crecido muy por encima del ingreso promedio local en estos sectores, lo que obliga a familias mexicanas de ingresos medios y bajos a desplazarse a periferias con menor infraestructura, servicios y acceso a empleo. La promesa de la ciudad creativa global choca con el desalojo silencioso de quienes la habitaban antes.

En paralelo, el teletrabajo formal –regulado por la reforma a la Ley Federal del Trabajo y la NOM-037 en materia de home office– se ha consolidado como parte estructural del mercado laboral mexicano, pero con fuertes matices de clase y sector. Estudios sobre tendencias de trabajo remoto en 2025 muestran que alrededor de 20–25% de las empresas mantienen esquemas híbridos o completamente a distancia para posiciones administrativas, de TI y servicios profesionales, mientras que la mayoría de empleos en manufactura, comercio, logística y servicios presenciales sigue siendo física. Es decir, la supuesta “desmaterialización del trabajo” sólo ocurre de forma masiva en una fracción relativamente pequeña y privilegiada de la fuerza laboral. El resto sostiene, físicamente, la infraestructura que hace posible la vida remota de los otros.

Otro ángulo crítico es el de los derechos laborales y la protección social. Aun cuando existe un marco normativo para el teletrabajo, gran parte del trabajo remoto transfronterizo se concentra en esquemas freelance, contratos por proyecto, facturación como persona física con actividad empresarial o, directamente, informalidad digital. Esto implica ausencia de seguridad social, protección ante despidos, prestaciones mínimas y canales claros de denuncia frente a abuso o impago. El discurso aspiracional del “soy mi propio jefe desde cualquier parte del mundo” invisibiliza que, para una proporción importante de trabajadores remotos mexicanos, el teletrabajo es más un mecanismo de supervivencia precarizada que una elección soberana.

El mapa se complica aún más si se mira la dimensión geopolítica del trabajo digital. Empresas de Estados Unidos, Europa y Asia externalizan tareas a México atraídas por huso horario compatible, talento calificado y costos laborales menores, reproduciendo lógicas de subcontratación y dependencia típicas de la globalización industrial, pero ahora en la esfera del conocimiento y los servicios. La figura del “empleado remoto” puede convertirse en una nueva versión del trabajador de maquila, solo que invisible y disperso: sin sindicato, sin compañeros de oficina, aislado en un departamento renta–gentrificado, pero altamente controlado por métricas de productividad, vigilancia digital y algoritmos de desempeño.

Frente a este panorama, la pregunta no es si el trabajo a distancia sin fronteras es “bueno” o “malo” para México, sino quién lo diseña, quién accede y bajo qué condiciones. Para académicos, emprendedores y líderes de opinión, el reto está en construir un marco de investigación y regulación que no se limite a celebrar la tendencia, sino que mida con precisión sus impactos en desigualdad urbana, mercado de vivienda, tejido comunitario y poder de negociación laboral. Para migrantes de segunda generación y jóvenes universitarios, el desafío es doble: aprovechar las oportunidades reales de conexión global sin quedar atrapados en esquemas precarios o reproducir, sin crítica, los modelos de exclusión importados con el capital remoto.

Si el trabajo sin fronteras se consolida como un privilegio reservado a una élite cosmopolita, nómada y bien conectada, mientras la mayoría sostiene, desde la informalidad o la presencialidad forzada, la infraestructura cotidiana del país, estaremos ante una nueva brecha digital–laboral que profundizará la ya existente. (amadaboni@outlook.com)