Entre el verdor de la Alameda Central y el vibrante pulso de la Avenida Juárez, en el corazón de la Ciudad de México, se erige un edificio cuya promesa es la reflexión. Decidí dedicar una mañana a transitar por el Museo Memoria y Tolerancia, consciente de que no sería una visita turística, sino un ejercicio de introspección, una pausa necesaria en el itinerario del viajero.
Desde el primer momento, el contraste es sobrecogedor. Se deja atrás el sol, el movimiento incesante y la sinfonía urbana para ingresar en una penumbra cuidadosamente diseñada que invita a la quietud. La primera parte del recorrido nos sumerge en la historia del Holocausto. Un vagón de tren, idéntico a los que transportaron a millones hacia la muerte, ocupa el centro de una sala. Es imposible no detenerse ante él, no sentir la densidad de la historia contenida en su metal. Las cifras, los datos, todo lo que uno ha leído se vuelve poroso, insuficiente. Es entonces cuando resuenan las palabras de Primo Levi: «Si el comprender es imposible, el conocer es necesario…».
Más adelante, vitrinas exhiben objetos cotidianos: un zapato de niño, unas gafas rotas, cartas que nunca llegaron a su destino. Son estos fragmentos de vidas interrumpidas los que desmantelan cualquier intento de distancia. Me detuve a observar los mapas que detallaban el transporte de personas como si fueran mercancías. En esa logística del exterminio, en esa caligrafía burocrática, identifiqué el verdadero germen de la catástrofe: una soberbia monumental. La arrogancia de un régimen que se siente con el derecho no solo de clasificar, descalificar y ejecutar, sino de archivar meticulosamente la anulación de todo un pueblo.
Al ascender a las salas superiores, dedicadas a otros genocidios, una verdad incómoda comienza a tomar forma. El Holocausto no fue una anomalía irrepetible. Las fotografías de Camboya, los testimonios de Ruanda, las crónicas de la limpieza étnica en Bosnia, todo resuena con un eco familiar. Es la misma, desoladora gramática del odio, declinada en distintos idiomas y geografías. Se repite el patrón: la construcción de un «otro» inferior y la propaganda que lo deshumaniza. Pienso en algo que leí de David Grossman, sobre cómo la escritura es una forma de oponerse a esa corriente, una manera de decir ‘no’ a la simplificación, a los estereotipos, a la facilidad de odiar.
El museo entero es un argumento contra esa facilidad. Es una advertencia sobre la fragilidad de los pactos sociales y la rapidez con que la soberbia y el autoritarismo pueden desmantelar la empatía.
Salir del museo y reencontrarse con la luz del día y el bullicio de la Ciudad de México es una experiencia extraña, casi violenta. El mundo sigue girando, la gente ríe, la vida fluye con una indiferencia que, por un instante, se antoja insoportable. Pero esa es, quizás, la reflexión final. Uno no sale de allí con respuestas, sino con preguntas más afiladas y con la advertencia de Levi grabada en la mente, completando su frase: «…porque lo sucedido puede volver a suceder, las conciencias pueden ser seducidas y obnubiladas de nuevo: las nuestras también». La tolerancia, entiendo ahora, no es un estado pasivo de reposo, sino una decisión y una vigilancia que deben ejercerse cada día. (vallegracie@hotmail.com)
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