Clasismo y racismo: las cicatrices abiertas del privilegio


El racismo y el clasismo son dos caras de la misma moneda: una jerarquía global y local que sigue marcando cuerpos, espacios y oportunidades. Aunque se presentan con matices distintos en cada país, ambos sistemas de exclusión siguen operando con una eficacia preocupante, reforzando desigualdades históricas que parecían superadas solo en los discursos oficiales.

Un sistema global que discrimina

En el plano internacional, el racismo estructural sigue siendo una herramienta de poder. Desde el asesinato de George Floyd en Estados Unidos hasta la discriminación sistémica contra comunidades migrantes en Europa, pasando por la persecución de minorías étnicas como los rohinyás en Myanmar o los uigures en China, el mundo demuestra que la pigmentocracia no es un fenómeno aislado, sino una maquinaria global. El color de piel, el origen étnico y la lengua hablada siguen determinando el acceso a la justicia, la vivienda, la salud y la educación.

A ello se suma el clasismo, que opera como un refuerzo del racismo: quienes nacen en contextos marginados, empobrecidos o alejados del estándar occidental de «civilización», son vistos no solo como diferentes, sino como inferiores. En muchas ocasiones, se normaliza su exclusión del sistema económico, político y cultural dominante.

México: una nación que niega su racismo

México no es la excepción. Aunque constitucionalmente se proclama una república igualitaria, la realidad diaria refleja una profunda segregación social basada en el color de piel, el lugar de origen y el nivel socioeconómico. Según la Encuesta Nacional sobre Discriminación (ENADIS 2022), más del 50% de los mexicanos consideran que las personas indígenas son poco valoradas por la mayoría de la sociedad. Al mismo tiempo, los tonos de piel más claros se asocian sistemáticamente con mejores salarios, mayor representación mediática y acceso a espacios de poder.

Este fenómeno ha sido descrito por expertos como una pigmentocracia, donde la movilidad social está directamente correlacionada con la apariencia física. Las personas de piel más clara dominan puestos de dirección, aparecen en campañas publicitarias, protagonizan telenovelas y son la cara pública del éxito. En contraste, los cuerpos morenos, indígenas o afrodescendientes son empujados a los márgenes: al trabajo informal, al servicio doméstico, a la invisibilidad.

El clasismo en México también se filtra en la forma en que se habla. Frases como «pareces nac@», «indio pata rajada», «es moreno pero limpio», «ese barrio es peligroso», perpetúan estereotipos que refuerzan la idea de que el valor de una persona está determinado por su origen o su estética.

Medios, redes y cultura: entre la reproducción y la resistencia

Los medios de comunicación han jugado un papel ambiguo. Por un lado, han replicado estereotipos racistas y clasistas durante décadas, construyendo una narrativa aspiracional basada en lo blanco, lo europeo, lo «bien». Por otro, emergen cada vez más voces disidentes desde los márgenes: periodistas, activistas, influencers y artistas que han logrado visibilizar las violencias estructurales de un sistema que aún se niega a llamarse racista.

En plataformas digitales, los discursos críticos han ganado fuerza. Hashtags como #PoderPrieto, #RacismoMexicano, o campañas como «No Me Representan» han confrontado directamente a una élite cultural que durante años ha ignorado la diversidad real del país.

¿Qué sigue?

Romper el ciclo del racismo y el clasismo requiere mucho más que campañas institucionales. Implica una transformación profunda del sistema educativo, de los criterios de representación en medios, del lenguaje cotidiano y de las políticas públicas. Es urgente reconocer que el problema existe, y que no es solo «de los demás».

Mientras no se cuestione el privilegio, mientras se siga juzgando a las personas por su acento, su tono de piel o su colonia, México y el mundo seguirán repitiendo una historia en la que unos pocos tienen voz y muchos otros, apenas sobrevivencia. (Amada Bonilla/AI)