La cumbre BRICS 2025 celebrada en Río de Janeiro marca un momento decisivo en la configuración del nuevo orden internacional. En un mundo atravesado por tensiones geopolíticas, crisis climáticas y desigualdades estructurales, el bloque –ahora ampliado a BRICS+ tras la adhesión de nuevos miembros como Irán, Egipto, Etiopía y Emiratos Árabes Unidos– ha reafirmado su voluntad de encabezar un movimiento de reforma profunda del sistema multilateral.
Durante la cumbre, los líderes de Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica y los países recientemente incorporados coincidieron en un diagnóstico claro: las instituciones globales creadas después de la Segunda Guerra Mundial –como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Consejo de Seguridad de la ONU– ya no reflejan las realidades políticas, económicas y demográficas del siglo XXI. Su legitimidad está erosionada, y su representatividad, cuestionada.
Uno de los puntos más destacados fue el llamado conjunto a democratizar el acceso al desarrollo. Los BRICS no solo denunciaron el sesgo del sistema financiero internacional hacia las economías del norte global, sino que ofrecieron alternativas concretas, como el fortalecimiento del Nuevo Banco de Desarrollo (NBD), su plataforma financiera multilateral, cuyo objetivo es financiar proyectos sustentables sin condicionar la soberanía nacional. Brasil, anfitrión de la cumbre, propuso convertir al NBD en una herramienta de financiación climática, descentralizada y sensible a las necesidades del sur global.
Al mismo tiempo, el grupo volvió a mostrar su interés en reducir la dependencia del dólar en el comercio internacional. Aunque sin avances definitivos hacia una moneda común, los BRICS apostaron por aumentar el uso de monedas locales en sus transacciones, en un movimiento que refuerza la tendencia de desdolarización promovida por varios países emergentes.
En política internacional, los BRICS mantuvieron un tono diplomático, pero firme. Reiteraron su compromiso con una solución pacífica a los conflictos, especialmente en Ucrania y Gaza, y pidieron respeto al derecho internacional, pero también criticaron el doble estándar con el que se aplica. En palabras del presidente Lula da Silva, “la multipolaridad no es solo una necesidad geopolítica, sino una exigencia moral del siglo XXI”.
No obstante, la cumbre no estuvo exenta de tensiones internas. Las diferencias entre China e India, así como el difícil equilibrio entre las agendas de países tan distintos como Arabia Saudita e Irán, siguen siendo un desafío para la cohesión del grupo. Aun así, la voluntad de construir una arquitectura global más justa se impuso como la narrativa dominante.
El BRICS 2025 no fue un encuentro más. Fue una declaración de intenciones, una advertencia a las potencias tradicionales y una convocatoria a otros países del sur global a sumarse a una nueva conversación planetaria. En un mundo cada vez más polarizado, el bloque no solo exige reformas: pretende liderar una transformación.
La pregunta ya no es si los BRICS pueden cambiar el mundo. Es si el mundo está listo para ser cambiado por ellos. (Amada Bonilla/AI)
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